EL HOMBRE ES CAPAZ DE DIOS Considerando que la Teología es la ciencia por la cual la razón del cristiano, que recibe de la fe certeza y luz, se esfuerza mediante la reflexión en comprender lo que cree, vamos a aproximarnos al contexto donde se desarrolla: el hecho religioso. I - UNIVERSALIDAD DEL HECHO RELIGIOSO «Los hombres esperan de todas las religiones la respuesta a los misteriosos problemas de la humana condición, que como siempre, también hoy perturban lo más íntimo de sus corazones: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y la finalidad de nuestra vida? ¿Qué es el bien? ¿Qué es el pecado? ¿Cuál es el origen y cuál la finalidad del dolor? ¿Cuál es el camino para llegar a la verdadera felicidad? ¿Qué es la muerte, el juicio y la retribución después de la muerte? Finalmente ¿cuál es el misterio último e inefable que rodea nuestra existencia, de donde venimos y a dónde nos dirigimos?» Por la Biblia sabemos que el hombre, creado por Dios, tuvo con su creador, desde el principio, una relación personal. El pecado original de los primeros padres y los pecados de sus descendientes hicieron que en bastantes grupos humanos se perdiera buena parte del contenido religioso primitivo y se deformara la noción de Dios y de sus relaciones con el hombre. Por eso, al investigar la religión en los pueblos primitivos, nos encontramos con formas imperfectas de religiosidad que podrían llevar a la falsa idea de que las religiones más perfectas son el fruto de un proceso evolutivo de menos a más. Los estudios históricos más recientes rechazan plenamente la idea de que la religión es algo explicable como fruto de una evolución a partir de una época de no religión. Aseguran que el hecho de la religión se basa en una cierta actitud del hombre respecto a su propia existencia, que consiste en que se sabe y se siente dependiente de un poder que es dueño del destino humano. Pero la religión no consiste en una fe en ciertos fenómenos de poder, no es una veneración de los espíritus, sino una fe en Dios. En el terreno de la pura historia, hay indicios de actividad religiosa desde los orígenes de la humanidad. Este es un hecho admitido por todos los historiadores. También ha demostrado la historia de las religiones que el tener religión es un hecho absolutamente universal. Todos los pueblos que han existido han tenido religión. La razón de este hecho tan decisivo es que el hombre es religioso por su propia naturaleza. La huella de Dios en el corazón del hombre lo lleva a buscarlo, a adorarlo y a amarlo. En la Prehistoria, concretamente en el paleolítico, las pinturas rupestres, las estatuillas femeninas (que representan a la Tierra, diosa madre), los restos funerarios, etc., indican claramente la preocupación del hombre por el problema del más allá y la presencia en su vida de acciones rituales para establecer relaciones con el Ser Supremo, fuente de toda bondad. Y esto aunque los hombres tuvieran que ocuparse de luchar esforzadamente con el medio que los rodeaba para sobrevivir. A pesar de que los signos de actividad religiosa prehistórica están mezclados con elementos animistas (creencias de que todo lo material está lleno de espíritus), fetichistas o mágicos (atribución de propiedades sobrenaturales a ciertos objetos y acciones), contienen elementos de auténtica religiosidad. En la antigüedad, las manifestaciones religiosas suelen tener un carácter nacional (cada pueblo tiene su dios) y se caracterizan por creer que hay varios dioses (politeísmo), error del que siempre estará protegido el pueblo de Israel. También ha demostrado la historia de las religiones, que el monoteísmo (hay un solo Dios) es anterior al politeísmo. De hecho, el poli-teísmo surge cuando la religión monoteísta se degrada. Desde el siglo VI antes de Cristo aparecen las religiones de gran difusión. En el Oriente, hinduismo y budismo, que no creen en un Dios personal. «Ya desde los más remotos tiempos hasta nuestros días, en los diversos pueblos, se encuentra cierta percepción de la misteriosa fuerza que se halla presente en el curso de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces hasta un reconocimiento de la Suprema Divinidad, e incluso del Padre. Esta percepción y este conocimiento infunden un íntimo sentir religioso en toda su vida. Las religiones, estrechamente ligadas con el progreso de la cultura, tratan de responder a dichas cuestiones mediante nociones más refinadas y con un lenguaje más elaborado. Así, en el hinduismo, los hombres escudriñan el misterio divino, y lo expresan con una fecundidad inagotable de mitos y con los penetrantes esfuerzos de la filosofía: así buscan liberarse de las angustias de nuestra humana condición, ya sea por especiales formas de vida ascética, ya por la profunda meditación, ya refugiándose en Dios con amor confiado. En el budismo, según sus variadas formas, se reconoce la radical insuficiencia de este mundo mutable y se enseña un camino por el cual los hombres, con devota confianza, pueden ya adquirir un estado de liberación perfecta, ya –mediante su propio esfuerzo o con un auxilio sobrehumano- llegar definitivamente a la suprema iluminación. En igual forma todas cuantas religiones existen en el mundo se esfuerzan por resolver la inquietud del corazón humano por los más variados métodos, esto es, proponiendo caminos, es decir, doctrinas y normas de vida así como ritos sagrados. La Iglesia Católica no rechaza nada de lo que sea santo y verdadero en dichas religiones. Con sincero respeto considera aquellas maneras de vivir y de obrar, así como sus preceptos y doctrinas que, aun siendo tan diferentes en muchos puntos de lo que ella propone y defiende, sin embargo, a veces, reflejan un rayo de aquella Verdad que a todos los hombres ilumina. Pero ella anuncia y está obligada a anunciar incesantemente a Cristo que es camino, verdad y vida (Yr 14, 6), en el que los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en el que Dios reconcilió consigo a todas las cosas.» Un caso de religión completamente aparte es el de Israel. Se trata de la religión revelada por Dios y comienza con la llamada a Abrahán, más de 1800 años antes de Cristo. Los otros momentos más relevantes son Moisés, hacia el siglo XIII, David diez siglos antes de Jesucristo y el regreso del cautiverio de Babilonia unos cinco siglos antes de Cristo. «Investigando plenamente el misterio de la Iglesia, este sagrado Concilio recuerda el lazo que une espiritualmente al pueblo del Nuevo Testamento con la estirpe de Abrahán. En efecto, la Iglesia de Cristo reconoce que las primicias de su fe y de su elección ya se encuentran, según el misterio divino de la salvación, en los patriarcas, Moisés y los profetas. Reconoce que todos los Cristianos, hijos de Abrahán según la fe, están incluidos en la vocación de este Patriarca y que la salvación de la Iglesia se halla prefigurada místicamente en el éxodo, del pueblo elegido, de la tierra de la esclavitud. Por ello la Iglesia no puede olvidar que ella ha recibido la Revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo, con el que Dios, en su inefable misericordia, dignóse establecer la Antigua Alianza; y que ella se alimenta con la raíz del buen olivo, en el que se han injertado los ramos del olivo silvestre, que son los gentiles. Cree, en efecto, la Iglesia que Cristo, nuestra Paz, ha reconciliado a judíos y gentiles y que, por su Cruz y en sí mismo, de los dos, él ha hecho uno solo. También tiene la Iglesia siempre ante sus ojos las palabras del apóstol Pablo sobre sus hermanos de raza a quienes pertenecen la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y los Padres y de quienes procede Cristo, según la carne (Rom. 9, 4-5), el hijo de María Virgen. Recuerda también que los Apóstoles, fundamentos y columnas de la Iglesia, nacieron del pueblo judío, así como un gran número de los primeros discípulos que anunciaron al mundo el Evangelio de Cristo.» El Cristianismo no permite comparación con cualquier tipo de religión, porque se trata de la venida al mundo del mismo Hijo de Dios. «Dios, para establecer la paz o comunión con Él y armonizar la sociedad fraterna entre los hombres, pecadores, decretó entrar en la historia humana de un modo nuevo y definitivo enviando a su Hijo en nuestra carne, para arrancar por su medio a los hombres del poder de las tinieblas y, de Satanás (cf. Col I, 13; Act 10, 38) y reconciliar al mundo consigo en El (cf. 2Cor 5, 19). A Él pues, por quien también fue hecho el mundo, lo constituyó heredero de todo afin de instaurarlo todo en El» (cf. Eb I, 10). Siete siglos después del comienzo de la era cristiana surgirá el Islam fundado por Mahoma que ha sido y es otra de las religiones de gran difusión. «La Iglesia mira con estima a los musulmanes, puesto que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y omnipotente. Creador del cielo y de la tierra, que se ha revelado a los hombres, a cuyos secretos, aunque estén ocultos, tratan de someterse con toda el alma, como se sometió a Dios Abrahán, a quien la fe islámica se refiere de buen grado. Aunque no lo reconozcan como Dios, veneran a Jesús como Profeta; honran a su Madre virginal, María y, a veces, hasta la invocan con piedad, También esperan el día del juicio, en el que Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por todo ello en gran estima tienen a la vida moral y tributan culto a Dios, principalmente con la oración, las limosnas y el ayuno.» II - LA RELIGIÓN REVELADA Si Dios habla al hombre de sí mismo, entonces el hombre podrá conocerlo mejor. También podrá, en consecuencia, hablar mejor acerca de Dios, proclamando y profesando la fe en lo que Dios le ha dicho acerca de sí mismo y del universo. a) El hombre busca la verdad «Por su propia dignidad, todos los hombres en cuanto que son personas, esto es, dotados de inteligencia y voluntad libre y, por ello, dotados de responsabilidad personal, se sienten movidos por su propia naturaleza y por obligación moral a buscar la verdad, en primer lugar la que corresponde a la religión.» El hombre, con su inteligencia, trata de comprender el mundo que lo rodea, es decir, busca la verdad. Desea saber lo más posible acerca del mundo y de sí mismo. Lleva impresa en su alma una tendencia a saber las verdades más profundas. Son éstas las que se refieren al origen del mundo y del hombre, a su fin y, en definitiva, a su Creador. Pero así como puede el hombre conocer verdades con su inteligencia, también puede comunicárselas, por medio del lenguaje, a los demás hombres, que también son inteligentes. Nada impide que el Creador se comunique con el hombre y le revele o descubra verdades, utilizando el lenguaje del propio hombre. Estas verdades pueden ser: tanto aquellas que el hombre podía conocer con su inteligencia (verdades naturales), como otras que lo superan, pero cuyo conocimiento es beneficioso para él y, por eso, Dios se las transmite (verdades llamadas sobrenaturales). b) La fe Fe es creer algo a alguien. Se cree porque se fía uno de ese alguien y se está cierto seguro, de aquello que le dice el otro, aunque no lo haya visto. En la vida de cada día estamos constantemente teniendo fe en los demás. Nadie, por ejemplo, se subiría en un avión si no confiara en que el piloto lo va a llevar a un lugar determinado y no lo va a estrellar contra el suelo. Cuando el hombre asiente a unas verdades, no porque las adquiera con su inteligencia, sino porque se fía de la palabra de Dios, tiene fe religiosa o fe en Dios. Y aunque no comprenda esas verdades más que en una pequeña medida, la sabiduría sin límites del Creador le hace asentir a ellas con más fuerzas que las que él mismo adquiere con su esfuerzo. Toda profesión de fe es una comunicación a los demás de lo que se cree. También pueden varios hombres juntos profesar esa fe y proclamarla. Es lo que hacemos cuando juntos rezamos el Padrenuestro. El 7 de junio de 1981, el Papa Juan Pablo II quiso rezar el Credo de Nicea-Constantinopla en San Pedro del Vaticano junto con los representantes de otras confesiones cristianas no católicas. Al profesar la fe, el hombre da testimonio ante los demás de su creencia. El testimonio perfecto será el de quien cumple con sus obras lo que expresa en las palabras. El creyente, al confesar y proclamar la fe, convoca a los demás, los invita a que crean lo que él cree. Tanto en el Antiguo Testamento como en la revelación hecha por Jesucristo, Dios ha avalado sus palabras con hechos sobrehumanos (milagros), que son signos de su poder sobre todas las cosas. c) La fe cristiana, encuentro definitivo con Dios En la religión cristiana se da el encuentro definitivo del hombre con Dios, porque Dios se ha hecho hombre. El cristianismo no es, por tanto, una búsqueda de Dios por parte del hombre, sino un descenso del mismo Dios hasta el nivel del hombre. De este modo, a pesar de lo limitado de su naturaleza, puede el hombre llegar a una comunicación muy íntima con Dios. En efecto, Dios creó al hombre y se le fue manifestando de diversas maneras hasta el momento de la encarnación del Verbo. Por eso dice la Carta a los Hebreos: «Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas, únicamente, en estos días, nos habló por su Hijo» (1,1). «Este universal designio de Dios en pro de la salvación del género humano, no se realiza solamente en una forma, en cierto modo secreta, en el alma de los hombres, sino también por esfuerzos, incluso religiosos, con los que ellos buscan de muchas maneras a Dios, por ver si a tientas lo tocan o lo encuentran, ya que no está lejos de cada uno de nosotros (Act 17,27); porque estos esfuerzos necesitan estar iluminados y sanados, aunque, por benigna determinación de la providencia de Dios, pueden considerarse casi como una pedagogía hacia el Dios verdadero, o como una preparación del Evangelio.» d) Jesucristo esclarece el misterio del hombre Como consecuencia del pecado original, el hombre había perdido el auténtico sentido de la vida, Jesucristo, además de salvarnos, ha iluminado la misma vida humana. Nos ha mostrado el camino para ser verdaderamente hombres, según el plan que Dios tenía desde el principio. Por eso dice el Concilio Vaticano II: «el misterio del hombre se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (...) Cristo, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (GS,22). Jesucristo ha dicho de sí mismo que es «Camino, verdad y vida» (Jn 14,6); esto quiere decir que el hombre encuentra en sus obras y en sus palabras las luces necesarias para acomodar a ellas su conducta. Pero no sólo restaura Jesucristo el sentido auténtico de la vida humana, también devuelve a la descendencia de Adán la semejanza divina deformada por el pecado. Jesucristo es el hombre perfecto, pero es también la imagen del Dios invisible . Y esto «vale no sólo para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina». «Cristo Jesús, pues, fue enviado al mundo como verdadero mediador entre Dios y los hombres. Por ser Dios, habita en Él corporalmente toda la plenitud de la divinidad (Cf.Col 2,9); según la naturaleza humana, nuevo Adán, lleno de gracia y de verdad (Cf.Io 1,14), es constituido cabeza de la humanidad renovada. Así, pues, el Hijo de Dios siguió los caminos de la Encarnación verdadera para hacer a los hombres partícipes de la naturaleza divina.» III - LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA INTELIGENCIA HUMANA «Ha sido una enseñanza constante de la Iglesia y, por tanto, de los pensadores cristianos, que elhombre puede conocer con certeza al Dios vivo y verdadero, por la luz natural de la razón humana, por medio de las cosas visibles» (Cfr. Concilio Vaticano I). En efecto, el progreso de las ciencias no da razón de por qué existe el mundo, cuál es su origen, quién lo ha organizado tan admirablemente y para qué. Algunos han querido explicarlo por el azar y la casualidad; como si mezclando letras sin orden ni concierto o poniendo un mono a la máquina de escribir pudiera resultar el Quijote, o uniendo al azar notas musicales pudiera surgir la Novena Sinfonía de Beethoven. Pensadores de todos los tiempos han elaborado argumentos más o menos sencillos para razonar la existencia de Dios. Entre todos ellos se destacan las llamadas vías de Santo Tomás de Aquino. Las vías de Santo Tomás parten de un hecho de experiencia, aplican el principio de que todo lo que surge ha de tener una causa proporcionada; esta causa, a su vez, ha debido ser causada por otra; esta serie de causas no puede ser infinita; luego se ha de admitir una primera causa, no causada, que es a la que llamamos Dios. «La tercera vía considera que [...] en la naturaleza hallamos cosas que pueden existir o no existir, pues vemos seres que se producen y seres que se destruyen [...]. Es imposible que los seres de tal condición hayan existido siempre, ya que lo que tiene posibilidad de no ser, hubo un tiempo en que no fue. Si todas las cosas tienen la posibilidad de no ser, hubo un tiempo en que ninguna existía. Si esto es verdad, tampoco debiera existir ahora cosa alguna, porque no existe no empieza a existir más que en virtud de lo que ya existe [...] y, en consecuencia, ahora habría nada, cosa evidentemente falsa. Por consiguiente, no todos los seres son posibles (pueden ser y no ser) o contingentes, sino que ha de haber alguno que sea necesario por sí mismo, al cual todos llamamos Dios»(Santo Tomás, Suma teológica, I-I,q.2). Hoy, gracias al desarrollo de las ciencias nos encontramos ante un hecho indiscutible: desde hace miles de millones de años el universo está haciéndose. Ante este hecho cabe una pregunta: ¿Se hace a sí mismo o es hecho por otro? Lo primero es imposible y contradictorio, sólo explicable si se recurre a la falacia de atribuir a la materia originaria la capacidad de crearse a sí misma, organizarse por sí misma, de darse la capacidad de pensar, todo lo cual es absurdo. Sólo cabe la otra respuesta: es hecha. Es hecha por un ser que existe antes que todos. Esto, que con nuestra razón alcanzamos, lo conoció con certeza absoluta el pueblo de Israel por un designio divino. La Biblia, su libro sagrado, empezaba con estas palabras: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra». Dios existía antes del principio de todo.
Alejandro Jorge Tresenza